Cuando hablamos de liderazgo, a menudo pensamos en una persona que ocupa un cargo, que dirige un equipo o que tiene autoridad sobre los demás. Pero liderar es mucho más que mandar. Liderar es influir, inspirar, acompañar y asumir responsabilidades. Y, en realidad, todos somos líderes en algún momento de nuestra vida.

Podemos ser padres o madres y liderar una familia; compañeros que toman la iniciativa ante un problema; responsables de un equipo en el trabajo; capitanes o capitanas en un juego o una dinámica; amigos que ayudan a los demás a tomar una decisión o personas que simplemente dan ejemplo con su manera de actuar.

Por eso, antes de querer liderar a los demás, es fundamental aprender a autoliderarnos. El autoliderazgo consiste en ser capaces de dirigir nuestra propia vida: conocernos, regular nuestras emociones, tomar decisiones, asumir las consecuencias de nuestros actos y actuar de acuerdo con nuestros valores.

Un buen líder no es aquella persona que tiene todas las respuestas, sino aquella que es capaz de generar confianza y conseguir que las personas que le rodean crezcan y den lo mejor de sí mismas.

Los 7 rasgos de un buen líder

  1. Lidera con el ejemplo: no pide a los demás aquello que él mismo no está dispuesto a hacer. Sus acciones hablan más fuerte que sus palabras.
  2. Se exige primero a sí mismo: antes de exigir a los demás, revisa su propio comportamiento, esfuerzo y compromiso.
  3. Ayuda y acompaña: no abandona a las personas ante las dificultades. Apoya, escucha y facilita que los demás encuentren su propio camino.
  4. Felicita en público: reconoce los esfuerzos y los logros de los demás. Sabe valorar el trabajo bien hecho.
  5. Corrige con respeto y en privado: cuando es necesario señalar un error, lo hace desde el respeto, sin humillar ni exponer a la persona delante de los demás.
  6. Es coherente con sus valores: lo que piensa, lo que dice y lo que hace mantienen una misma dirección. Su manera de actuar transmite credibilidad.
  7. Cumple su palabra: si dice que hará algo, intenta cumplirlo. Porque la confianza no se pide: se construye con cada promesa cumplida.

Al final, liderar no significa estar por encima de los demás, sino estar al servicio de un propósito y de las personas que caminan con nosotros. Y esto nos recuerda algo importante: no necesitamos tener un cargo, un uniforme o un título para liderar.

Cada día tenemos pequeñas oportunidades para hacerlo. Cuando tomamos la iniciativa, cuando escuchamos, cuando damos ejemplo, cuando ayudamos a alguien a superar una dificultad o cuando decidimos actuar de acuerdo con nuestros valores, estamos ejerciendo liderazgo.

Porque antes de liderar un equipo, una familia o un grupo, debemos aprender a liderarnos a nosotros mismos.