Las relaciones personales tienen un profundo impacto en nuestra salud física, mental, emocional y espiritual. Aunque a menudo se habla de los beneficios de mantener vínculos sociales sólidos, una investigación reciente pone el foco en la cara menos amable de las relaciones: aquellas personas que generan un estrés constante, conocidas en inglés como «social hasslers» (personas que complican la vida, molestan o generan un desgaste social constante).

Este término hace referencia a personas que, de forma habitual, provocan tensiones, conflictos, críticas, demandas excesivas o desgaste emocional. No necesariamente generan conflictos en todos los ámbitos, pero su presencia continuada puede convertirse en una fuente de estrés crónico.

Un estudio liderado por investigadores de la New York University (NYU) analizó cómo estas relaciones conflictivas afectan a la salud biológica de las personas. Los resultados sugieren que cada persona conflictiva presente en tu círculo social se asocia con un aumento de tu edad biológica equivalente a aproximadamente nueve meses.

Los investigadores también observaron niveles más elevados de inflamación sistémica, un proceso relacionado con numerosas enfermedades crónicas, como las cardiovasculares, la diabetes o algunos trastornos neurodegenerativos.

El estrés social persistente activa de forma continuada el sistema de respuesta al estrés, incrementando la secreción de cortisol y otras hormonas que, cuando se mantienen elevadas durante largos periodos, pueden alterar el funcionamiento del sistema inmunitario y favorecer procesos inflamatorios.

El estudio apunta a que los efectos son especialmente intensos cuando estas relaciones difíciles corresponden a familiares cercanos. A diferencia de otros vínculos sociales, las relaciones familiares suelen ser más difíciles de limitar o interrumpir. Las obligaciones emocionales, culturales y sociales hacen que muchas personas continúen expuestas durante años a situaciones de tensión, lo que incrementa su impacto sobre la salud.

Los investigadores también detectaron que las mujeres presentaban una mayor vulnerabilidad ante este tipo de estrés. Una posible explicación es que, tradicionalmente, asumen con mayor frecuencia roles de cuidado y apoyo emocional dentro de la familia y de su entorno social. Esta responsabilidad puede conllevar una mayor carga emocional y una exposición más prolongada a los conflictos interpersonales.

La investigación refuerza una idea cada vez más presente en la psicología y la medicina: la calidad de las relaciones sociales es tan importante como otros hábitos saludables.

Aprender a poner límites, gestionar los conflictos de manera asertiva y rodearse de personas que aporten apoyo emocional no solo mejora el bienestar psicológico, sino que también puede contribuir a preservar la salud en todas sus dimensiones y favorecer un envejecimiento más saludable.

Las relaciones humanas pueden ser una de las principales fuentes de felicidad, pero también pueden convertirse en un factor de riesgo cuando generan un estrés constante. Cuidar de quienes nos rodean también implica, en ocasiones, decidir de qué dinámicas es mejor alejarse.